30 marzo, 2016

EL hombre tranquilo

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 Existe un lugar sin ruidos de teléfonos móviles, preocupaciones, ni políticos de cuarto de hora, en el que cualquiera puede acogerse a sagrado para el resto de sus días. Sean Thornton (John Wayne) ha matado accidentalmente a su contrincante en un combate de boxeo. Se retira y regresa a Innisfree, la tierra de sus antepasados, un condominio donde el mero hecho de no tener caña de pescar lo pone a uno bajo sospecha. En Innisfree los trenes llegan con retraso para promover el ejercicio de la retórica entre parroquianos y los caballos están dotados de una inteligencia suprema que los obliga a frenar y detenerse a la entrada de la taberna. Hay trifulcas a puñetazos que apuntalan amistades y puentes antiguos que hacen sombra a truchas legendarias. Este paraíso idílico inventado por John Ford posee un catastro infinito de personajes asombrosos, gobernados únicamente por la retranca. Thornton baja del tren y no está preparado para lo que va a suceder. Viaja en carro hacia Innisfree observando el paisaje cosido por pequeños muros de piedra cuando de repente se produce La Aparición: una cabellera roja, a lo lejos, atraviesa los campos verdes mecidos por el viento mientras pastorea un rebaño de ovejas. La cámara se sitúa detrás, soñando un plano corto de abajo a arriba, y ella se gira, despacio, y mira hacia él de reojo, por encima del hombro, mientras se va alejando hacia el fondo del encuadre. Cuando la cámara vuelve al rostro de Thornton vemos que le ocurre lo que a nosotros: ya no la olvidaremos jamás. «¿Es de verdad o estoy soñando?», dice.

 Así nos presenta Ford a Mary Kate Danaher (Maureen O´Hara), temperamental, deslumbrante, «una pelirroja con todas sus consecuencias», afirma el casamentero del lugar con razón: sus escenas provocarán movimientos tectónicos. Hay dos docenas de momentos prodigiosos como este en 'El hombre tranquilo', pero el que más me gusta es cuando ambos protagonistas, ya casados, se sitúan en torno a la lumbre de la chimenea, ella le enciende el cigarro a su marido y poco a poco se van acomodando mientras miran el fuego en silencio como si ahí dentro, ardiendo, estuviesen los sueños. Pocas películas tienen el poder de convertir el mundo en algo distinto, mejor. La maestría con que Ford maneja la naturaleza, los silencios y las miradas te trabaja por dentro para siempre. Y cómo finiquita la historia, con Wayne trabajando la tierra y ella acercándose y diciéndole algo al oído. Ambos entran en la casa y la película se pierde. Ignoramos qué ha dicho Mary Kate, pero sí sabemos que mataríamos porque nos susurrasen algo así.


                                                                                           (Publicado en La Voz de Galicia)

27 marzo, 2016

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 Waves in Le Havre, France, 1984 | Jean Gaumy.

23 marzo, 2016

Madigan

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 Uno no se sienta en el sofá a ver una película de Don Siegel: se cae dentro de ella. Si cualquier película tarda veinte minutos en poner en marcha el relato y presentar a los personajes, a él le bastan cinco. Siegel fue montador antes de dirigir: cada segundo cuenta. 'Madigan' no es una excepción y comienza, por tanto, de forma fulgurante. Los títulos de crédito iniciales, mientras la cámara recorre la ciudad de Nueva York al amanecer, ya adelantan el tono documental y descriptivo que arropa la historia de dos policías (Richard Widmark y Harry Guardino) que emprenden una búsqueda desesperada para atrapar al maleante que les robó sus armas en un lance desafortunado.

 El cine de Siegel es seco, directo, sin concesiones ni adornos. Si alguien me asegurara que propina palizas a los adjetivos en callejones oscuros, no lo pondría en duda. En este sentido, 'Madigan' probablemente sea el punto álgido de su carrera en cuanto a sobriedad. A los diálogos no les sobra una coma, son brillantes. Las situaciones y los personajes son tan verosímiles como complejos y el ritmo es tan ágil que la película se carga de una engañosa levedad. Quien desee averiguar en qué consiste la velocidad narrativa, esta es su película.

 Madigan es el nombre del personaje de Richard Widmark, un detective veterano de talento callejero y gran elasticidad a la hora de interpretar las leyes. Nunca ha querido ascender. En cambio, su compañero de promoción (Henry Fonda) sí ha escalado; de hecho, es el comisario jefe de Nueva York, y Madigan, con su manera creativa de orillar las normas, no le cae bien. «Cuando éramos patrulleros yo comía un bocadillo en una hamburguesería mientras él comía pollo en el Stork Club», dice. Fonda se rige por una rectitud inamovible y lo escruta todo con sus ojos azul esfinge. O todo está bien o todo está mal, para él no hay término medio. Va sobrado de eso que llaman principios, que rara vez sirven para los finales, porque a menudo los principios y la justicia circulan por distinto carril. El argumento maniobra entre el estraperlo de los despachos altos y el cansancio a pie de calle, mientras va hilvanando en paralelo la vida y el trabajo de ambos policías en una ciudad de estómago infinito, siempre dispuesta a digerirlo todo. Por si lo anterior resultase escaso, hay que añadir que Don Siegel le enseñó el oficio de dirigir a Clint Eastwood. Muchas de sus obras, las mejores, frecuentan el estilo de su viejo maestro al que, pese a todos los cacareos, premios y posteridades, sigue obligado a mirar de abajo a arriba.


                                                                               (Publicado en La Voz de Galicia)

21 marzo, 2016

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 Del libro 'Otras Américas', Ecuador, 1982 | Sebastião Salgado.

17 marzo, 2016

EL valle del fugitivo

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 Para las tribunas cinematográficas con asientos reservados únicamente a las obras maestras, 'El valle del fugitivo' es una película sin importancia. Lo mismo que aquellos westerns de Budd Boetticher o André de Toth, ásperos y concisos, etiquetados como menores por especialistas que con frecuencia confunden lo sencillo con lo simple. 'El valle del fugitivo' pertenece a este género desapercibido, de atuendo humilde, caligrafía modesta y elipsis que ocultan la escasez presupuestaria, y que, sin embargo, de contrabando, reserva varios tesoros al espectador de ojo entrenado. La fotografía de Conrad Hall, por ejemplo, es uno de ellos. Algunas de las escenas nocturnas, que Hall rueda utilizando el recurso de la «noche americana», son asombrosas. La soltura con que Abraham Polonsky maneja los primeros planos, escasos y esenciales, siempre en el momento preciso y llenos de miradas que borran las palabras del guion convirtiéndolas en material sobrante, o los susurros poéticos y elegíacos que airean el subsuelo del relato y cargan la película de melancolía, lo retratan como el gran director que podría haber sido si la caza de brujas no hubiese truncado su carrera.

 Un indio paiute llamado Willie Boy (Robert Blake) regresa a su pueblo y, tras matar a otro indio en un forcejeo, huye al desierto. El asunto no tendría gran importancia (estamos en 1909) si no estuviese de visita en la región el presidente de los Estados Unidos, rodeado por un sanedrín de advenedizos y periodistas de enorme solvencia a la hora de magnificar cualquier incidente. Basta un minuto para reducir al protagonista a la condición de salvaje y montar una partida de caza, pero el resultado no es el previsto: una docena de hombres armados a caballo son incapaces de coger a un indio que va a pie. Willie Boy es un inadaptado, un tipo que no muere bien si no es a su manera. Ni paga peajes ni está dispuesto a convertirse en un souvenir. Genéticamente es un callejón sin salida y en eso convierte la película. Solamente el sheriff Cooper (Robert Redford), un rival a su altura y el único que aporta un mínimo de decencia, entrará en ese callejón para acabar con la persecución y el acorralamiento. Con un enorme apego hacia el ser humano, Polonsky narra la historia de una extinción, la de Willie Boy, como último ejemplar de su especie. Hay algo maravilloso en su dignidad silvestre e irreductible, en su resistencia a la domesticación, y en cómo mira, con ojos de herida antigua. Hace falta callar muy bien para hablar así con la mirada y morir sin regalar una sola palabra.


                                                                               (Publicado en La Voz de Galicia)

13 marzo, 2016

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 The study in curves, 1931 | Harold Cazneaux (1878- 1953).

10 marzo, 2016

Rififí

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 Las películas de atracos del cine clásico suelen tener una estructura cronológica, una pauta que podríamos denominar preparación-ejecución del robo-reparto del botín. Un patrón sencillo y eficaz. 'Rififí' ocupa un puesto de honor en el medallero de este género gracias a su escena central: el atraco más famoso de la historia del cine. Veinticinco minutos de pulso narrativo sin diálogos ni música, solo miradas y silencio espeso; un prodigio de planificación, tensión y montaje, donde Jules Dassin, director refugiado en Europa tras huir de los cazadores de brujas del senador McCarthy, despliega su talento a la hora de introducir en sus películas piezas de orfebrería documental, y muestra a unos profesionales minuciosos reventando una joyería mientras el espectador observa hipnotizado. Esta secuencia ejerce de bisagra entre la gestación del asunto, en la que Tony le Stephanóis, un tipo duro y conciso como un epitafio que acaba de cumplir una condena de cinco años, reúne a un grupo de ladrones para dar un golpe que sabemos (más bien, intuimos) que va a derivar en metralla, y la refriega posterior, con los matones ultimándose entre ellos y secuestrando a un niño para conseguir el dinero del botín. La búsqueda de ese niño por parte del protagonista introduce el elemento que más asombra en el cine de Dassin: su capacidad para convertir la ciudad en personaje principal.

 'La ciudad desnuda', intriga policial que retrata Nueva York con un músculo y un vigor nunca vistos en el cine hasta ese momento, o 'Noche en la ciudad', que merodea por el lumpen de un Londres nocturno, despiadado y vertiginoso, bastan para demostrarlo. Las imágenes del París lluvioso de 'Rififí', generosas en empedrados mojados y escalinatas empinadas que posan en cuanto asoma una Leica, parecen salidas de la cámara fotográfica de Robert Doisneau, cuando arañaba la ciudad buscando un ambiente, un coche abandonado, una calle vacía al amanecer o un acordeonista averiado por la vida.

 Dassin maneja con maestría las señales de tráfico habituales del cine negro: codicia, traición y dosis de fatalismo a la altura del final de 'Atraco perfecto', cuando un perro desvía la trayectoria del carrito portaequipajes y el volantazo reduce el relato a una maleta de dinero que vuela. 'Rififí' contagia desde el inicio ese pálpito de que todo se torcerá por un detalle ridículo e imprevisto, en este caso, un anillo. Ya lo explicaba Walter Huston en los últimos segundos de 'El tesoro de Sierra Madre' mientras el viento se lleva todo su botín: «Al final, el oro siempre vuelve a la montaña».


                                                                              (Publicado en La Voz de Galicia)

06 marzo, 2016

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 'Smokey car', New Hampshire, 1979 | Nan Goldin.

02 marzo, 2016

En la ciudad

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 Hubo una época en la que el cine no tenía reparo en utilizar fundidos a negro. Esa sensación de avanzar en el relato a pequeños sorbos, cerrando capítulos y dejando que la historia vaya cogiendo poso, casi ha desaparecido. Ahora la caligrafía cinematográfica pretende quitar el aliento al señor de la butaca y ese atosigamiento, muy a menudo, confunde el ritmo con la prisa. Muchos cineastas actuales prescinden de los fundidos como si utilizar cualquier recurso que no sea el corte directo restase reputación. ¿Acaso la mayoría de las novelas no se dividen en capítulos? ¿Se ha dejado de utilizar la coma o el punto y aparte? La obsesión por no dar tregua convierte la pequeña pausa de un fundido a negro en un socavón, como si el espectador fuese a aprovechar para lavar al perro o terminar de escribir su última novela.

 La soltura con que Cesc Gay utiliza el fundido a negro para dibujar un mosaico y pasear por las vidas de los protagonistas de 'En la ciudad', administrando las pausas igual que Billy Wilder cuando repartía los huecos entre chistes para que el respetable tuviera tiempo de reír, es formidable. La película respira. Si no fuese porque el humor no acude a la cita (al menos no con esos golpes de genio y esos diálogos que se convierten en un aforismo instantáneo) estaríamos hablando de que Cesc Gay comparte con Woody Allen esa afición a escarbar la vida con ligereza. Ese grupo de amigos que ronda los cuarenta (el mantel ya sostiene copas de vino y ensaladas) padece el escrutinio de cualquier película de Allen: infidelidades, autoengaños, frustraciones, divorcios, huidas, extravíos o relaciones con una gran diferencia de edad. Apoyado en una lucidez implacable, Cesc Gay se comporta como un sastre con sus personajes, les toma las medidas y fabrica un traje exacto de su personalidad en unas pocas imágenes. Enseña lo que cada uno oculta a los demás, es decir, su fondo de armario, aquello que solemos denominar privacidad pero que solo es una trastienda donde esconder lo que suponemos feo a ojos de otro.

 'En la ciudad' domestica el desencanto y nos dice que todos somos valientes en alguna ocasión y cobardes casi siempre, que no hay forma de sustraerse a las mordeduras de la edad ni de salir indemne del gasto que el tiempo hace en nosotros mientras convertimos la vida en un empedrado de idioteces sucesivas, algunas de las cuales salen misteriosamente bien, y viajamos, o damos tumbos, hacia el fundido a negro definitivo con una actitud parecida a la de Joe Louis cuando resumió su filosofía: «Hice lo mejor que pude con lo que tenía».


                                                                                    (Publicado en La Voz de Galicia)