03 abril, 2013

Los Tenenbaum

 Aquellos que han visto a alguien con un calcetín de cada color cuando no estaba de moda y han sentido una empatía inmediata se sentirán a gusto con Los Tenenbaum. Casi todos hemos tenido una abuela que, con la severidad de una niñera prusiana, nos decía: «Hay que comportarse como la gente». Solo ella sabía a qué gente se refería, pero el mensaje era: no seas distinto, no seas un verso suelto. Ahí estaba el peligro. En la familia Tenenbaum nadie daría un consejo así. Ninguno de ellos se acerca a esa pauta de normalidad ni por asomo.

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 Hasta hace poco el término freak se asociaba a un circo de monstruos. Luego llegó Tim Burton y dijo: «Fijaos bien… también somos guais». Y ahora la palabra friki ya está en el diccionario. Aunque sigue siendo sinónimo de desprecio para unos y de sentido de pertenencia a un grupo para otros. El director de este retrato de familia extravagante se llama Wes Anderson, un tipo que podría ser catalogado de friki al que, sin embargo, le dan dinero para hacer películas. En Hollywood a nadie le importa que seas raro si haces dinero. Anderson tiene eso llamado mundo propio, cualidad que suele asociarse con lo pretencioso, y sus películas siempre están repletas de referencias personales y detalles de su infancia, que pasó viendo anuncios en la tele y leyendo cómics, y en la que la lectura de un libro era la promesa de una aventura.

 La primera imagen de esta historia es un libro que se abre. Una voz omnisciente sobrevuela la narración como un halcón y nos acomoda en el entorno de un cuento. El lenguaje conciso y publicitario del prólogo nos abre la puerta de esta comedia de humor estrafalario y surrealista que se burla de las depresiones. Una oda al mundo de los raros. Con ratones dálmatas, mayordomos hindúes o un padre embaucador en busca de una falsa redención que da lecciones de osadía a unos hijos que solo ríen cuando hacen travesuras, los Tenenbaum ejercen su excentricidad sin ser conscientes de lo peculiar de su mundo. Un mundo en el que los mayores se comportan como niños y los niños, como mayores. A su manera, ejercen de memoria. Nos recuerdan que, al hincharnos de tiempo y convertirnos en adultos, no debemos olvidar el niño que una vez fuimos.


                                                                                                                                  (Publicado en La Voz de Galicia)

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